viernes, 3 de febrero de 2012

“El Xipe descabezado”

Karina de Paz Reyes Díaz

Ni me llamo Xipe, ni soy deidad. Soy Cutumbú, esclavo por ser de alma inmortal. Fui convertido en piedra y sometido a estar ataviado con la piel desprendida de un gobernante que traicionó al pueblo mexica.
Mi alma fue extraída de una chuparrosa e incrustada en un cuerpo labrado en piedra, enseguida del sacrificio del emperador que, al ser conquistado por la avaricia, fue castigado.



No pude evitarlo. Me cubrieron con su piel aún tibia, ensangrentada y gruesa. Lo único que logré fue también convertirla en piedra. Ahora que lo pienso, quizá eso es lo que querían que hiciera.
Por mandato divino me alejaron de la gran ciudad. A mamachi, 10 hombres robustos me llevaron lejos de Tenochtitlán, a territorio recién conquistado. Después de 102 lunas arribamos a Teayo, ciudad que había sido fundada por los toltecas, posteriormente habitada por los huastecos y despojada por nuestra gente.
Me dejaron en un cube, arrumbado, junto a los pocos dioses de ese pueblo que habían sobrevivido al exterminio, y aunque mi esencia de avaro les estimulaba desconfianza, no me encantaron.
Mientras yo buscaba entenderme con los ídolos huastecos, los mexicanos trabajaban en los nuevos dominios: continuaron el cultivo de algodón, calabaza, maíz, fríjol, cacahuate y quelites.
Si alguien enfermaba, aprovechaban las hierbas que aquí se dan por montones: chilacuaco, arcajuda, quebrache, estafiate…
Poco a poco de Tenochtitlán fueron llegando más artesanos, sacerdotes, orfebres, maestros, poetas, escultores, músicos, así como estrategas de batalla y jóvenes guerreros.
Justamente la inmensa cantidad de piedras que hay en la región les permitió a los mexicas revestir el principal templo de Teayo al estilo texcocano. Además, trazaron calzadas que conducían a los observatorios que establecieron en las puntas de los cerros más altos que rodeaban el lugar.
Solo las familias de la realeza mexica y los sacerdotes, habitaron edificios de piedras talladas, inmensas lajas, cal y arena. No por eso, los caceríos del resto eran insignificantes: estaban hechos con horcones de chijol, vigas de alzaprima, alfardas y fajillas de cedro, la cerca de volador amarrada con bejuco, techados de palma real tejida y piso boleado con tierra amarilla. Todo era signo de la riqueza natural del lugar.
Del templo principal escarbaron un túnel que llega hasta el cerro más puntiagudo, donde estaban los aposentos de la diosa Chinola, quien cuidaba los restos de los grandes señores mexicas que ahí morían.
Teayo se convirtió en una oculta ciudad y base militar mexica y desde ahí fueron atacados y conquistados los vecinos llamados totonacos.
Un día las chuparosas empezaron hacer barrunta: volaban por parvadas, como huyendo de un nahual. Fue el primer aviso. Después, llegó el mensajero y se inició la partida. Tenochtitlán era amenazada por hombres blancos y barbados, ¡necesitaban ayuda!
Todos iban por el camino con rumbo al corazón del imperio y solo uno se conducía en sentido contrario: era un hijo del rey avaro. Era también el único de la estirpe que no olvidó la forma y los motivos que llevaron al pueblo a ultimar a su padre; y como en esos tiempos el imperio se deshacía, aprovechó la revuelta para vengarlo. La única manera de hacerlo era destrozándome, porque atentar contra el rey era impensable.
Llegó, me buscó, me reconoció, lloró a su padre y me degolló con hojas de obsidiana. Nadie atestiguó la escena, irónicamente sanguinaria.



Hubo un silencio. Una ausencia. Enseguida, una mujer que huía despavorida me vio, tirado y en dos partes. Decidió llevarse mi cabeza, mientras mi cuerpo se quedó muy cerca del templo, hoy llamado Castillo de Teayo.
Los hombres y mujeres se fueron. Nadie pasó por Teayo durante muchas, muchísimas lunas.
Truenos, rayos, relámpagos, lluvias, pájaros, venados, tigres, tlacuaches, serpientes, entre otros animales, fueron durante mucho tiempo los únicos habitantes del lugar.
Las grandes ceibas, cedros, alzaprimas, zapotes, y una infinidad de árboles más, se cayeron de viejos, mientras otros crecieron en esa que se llamó la selva huasteca y que hoy tampoco existe.
Ese silencio terminó cuando llegó un grupo de personas, mitad blancos mitad apiñonados, a desmontar y repoblar la antigua ciudad mexica, establecida en pleno territorio huasteco. Andaban de cacería y un venado grande y brioso, sin querer o queriendo, los llevó hasta la pirámide, que por su magnitud fue llamado Castillo, Castillo de Teayo, porque la gente que lo encontró era de una hacienda cercana que a pesar del tiempo, así se llamaba.
El principal templo había resistido el abandono y nuevamente fue pisado por almas humanas que le arrancaron las hierbas y raíces que se le habían trenzado. En el adoratorio le colgaron tres campañas, símbolo de la religión impuesta y a su alrededor se construyó el nuevo caserío.
Algunos dioses poco a poco fueron descubiertos: toltecas, huastecos y, naturalmente mexicas.
Yo también fui descobijado de la tierra donde estaba, entre raíces, lombrices y tepalcates, pero sin cabeza. Por eso piensan que soy deidad, por haberme encontrado en las mismas condiciones que ellos: plasmado en piedra y sepultado.
A diferencia de los demás ídolos, fui encalado para simular la piel encimada que tengo cincelada, y que, a pesar del tiempo, irradia avaricia. Fui sometido, junto con los demás, a velar la cruz de los que nos conquistaron. Fue cuando me enteré de que lo habíamos perdido casi todo en aquella, la última guerra de que estuve enterado. Ni siquiera se habla y se viste igual que antes.
He sido testigo de cómo se han llevado varios dioses que alguna vez fueron venerados por pueblos enteros. La única que se resistió a salir de aquí fue la Chinola. Al menos eso vino a contar un hombre que ayudó a trasportarla hasta Tuxpan y supo que el barco en que iba hacia tierras lejanas se hundió mucho antes de llegar a su destino.
Hoy, sigo sometido a escuchar el repicar de las campañas que llaman a adorar a otros que no son nuestros dioses. ¡Ah, cómo extraño la sonoridad de los cascabeles huastecos, de los caracoles mexicas!
Hace poco tiempo una mujer encontró mi cabeza, ahí mismo, en el pueblo, aunque muy alejada del templo. Se la entregó a los hombres que nos custodian y ellos me la colocaron.
_Aquí traigo un antigüe que estaba en la esquina del solar. Fortino me va hacer un horno de tierra pa’ cocer pan ahora que viene Todos Santos y en la escarbada se lo encontró_dijo.




Ahora, además de la piel del rey avaro, cargo con una cabeza que fue cercenada por un hombre poseído por la venganza. Como soy un alma inmortal estoy esclavizado a vivir con esas dos amarguras.
He preguntado a los dioses qué pena estoy pagando. Es el día en que ninguno ha logrado responderme.

Fotos:
Escultura de Xipe-Totec (imagen tomada de la fototeca del INAH. Número de inventario 305030)

Un alma inmortal convertido en pieda (foto tomada en el Museo de Sitio de Castillo de Teayo)

Xipe con cabeza (foto tomada en el Museo de Sitio de Castillo de Teayo)

lunes, 16 de enero de 2012

El rostro negado


La cultura no se hereda, como el color de la piel o la forma de la nariz: son procesos de orden diferente, social el primero y biológico el segundo…

La desindianización no es resultado del mestizaje biológico, sino de la acción de fuerzas etnocidas que terminan por impedir la continuidad histórica de un pueblo como unidad social y culturalmente diferenciada…

Fragmentos del ensayo “México Profundo” de Guillermo Bonfil Batalla

En la imagen indígenas del Totonacapan

lunes, 12 de diciembre de 2011

El agua envenenada

_Usted se equivoca, don Ulises. México no es una excepción. A semejanza de todos los países, ha luchado heroicamente por la libertad, sólo que nunca ha logrado conquistarla. En la hora del triunfo, sus libertadores se han convertido en sus nuevos opresores y lo han defraudado, de modo que nuestro pueblo es un pueblo que no ha disfrutado una hora de libertad, que se ha sacrificado por ella y se la han escamoteado, se la han robado en una forma o en otra, lo cual no ha hecho sino aumentar su deseo y su hambre de poseerla.

Fragmento de la novela "El agua envenenada" de Fernando Benitez (1961)

sábado, 30 de julio de 2011

AFRÍCA EN LA ÉPOCA PREHISPÁNICA DE VERACRUZ, UNA TEORÍA.





Esta pieza prehispánica muestra en su parte anterior lo que se puede interpretar como un trenzado típicamente etíope
según Mario Moya Palencia, en su obra "Madre Africa. La presencia del África negra en el México y el Veracruz antiguos".


La cabeza colosal Olmeca se exhibe en Museo Tuxtleco,
en Santiago Tuxtla. Fue descubierta en 1862 por José Melgar en Tres Zapotes Veracruz.

La red y el pesacador.







Un pescador remendando su red en la barra de Sontecomapan.
Sí, laguna enfrente y playa atrás. Paradisíaco...


PD El título es parafraseando la obra de Ernest Hemingway "El viejo y el mar",
gracias por el consentimiento.

Fotos Wilka Vázquez y Karina de la Paz, respectivamente.

Laguna de Sontecomapan















Esta bellísima laguna está ubicada en la región de Los Tuxtlas, en el sur de Veracruz.

domingo, 29 de mayo de 2011

LA CURANDERA DE ESPANTOS




Karina de la Paz Reyes Díaz

“De todas las hierbas me gusta más el estafiate, porque es fuerte, y si no hay las otras hierbas, con el puro estafiate puedes curar a la gente”, dice Raymunda Zamora Serrano con más de 80 años de edad, curandera de espantos, enojos y quizá amores. Mujer, originaria de la huasteca veracruznana, que desde los ocho años abrió milpa a la par de sus padres, se casó casi siendo una niña y logró sacar a delante a sus 10 hijos gracias al don que tiene de sanar.
La curandera, alta, de piel oscura, ojos negros y mirada profunda, cabello cano, dientes destrozados, así como sus pies, y una sonrisa tatuada es llamada “Munda” por todo Teayo, comunidad del municipio Castillo de Teayo.
Hija de Jesús Zamora y Gregoria Serrano, a los 8 años ya escardaba en la milpa para sembrar maíz y fríjol.
“Me acuerdo que me hincaba mi mamá a quebrar el maíz en el metate con un costal en las piernas para hacer tortillas. Es que mi papá me decía que teníamos que llevar lonche a la milpa, y por eso hacía tortillas y las enchilaba.
“Platico esto y lloro, porque antes no había ni nailos, todo era difícil, si ésta época me hubiera tocado cuando estaba chica, no hubiera sufrido tanto, ahora las mujeres nada más andan de patas, pero como quiera, le doy gracias a Dios que aquí estoy todavía”, relata con voz quebrantada.
A los 19 años se casó con un hombre llamado Primitivo y tuvieron 10 hijos: Natalio, Plutarca, Ignacio, Angelina, José, Antonia, Carmela, Martha, Apolinar y Fabiana.
Pero Fabiana murió de bronquitis a corta edad. “Porque entonces no había medicina y se me ahogó”, dice desconcertada.
Munda, a sus 82 años, no olvida que fue su difunta suegra, Senaida Bautista Gayoso, quien le enseñó el oficio de curar con hierbas.
Desde que estaba recién casada, Munda se encargó de ir a las milpas de Teayo a buscar las hierbas que ocupaba su suegra para curar; poco a poco aprendió a identificarlas una a una, a conocer sus bondades, sus beneficios curativos, su fuerza, sus olores, sus encantos.
“Yo lavaba mucho ajeno cuando tenía mis crías chiquitas y ella me dijo: ‘ya no laves, yo ya me siento vieja, yo ya no voy a curar, mejor curas tu’; y me enseñó a curar y así me fui curando aquí, allá, me fui al Pital, La Piedra y ahorita ya lo dejé tantito, por los ojos que duelen, pero veo bien, ensarto bien la aguja”, narró.
Doña Senaida también enseñó a Munda a curar el empacho: “Es cuando tienes un malestar en el estómago –explica-, te trueno el cuero de la espalda y ya te compones, te tomas tu aceite con naranjas y tantito carbonato, a las dos sobadas te compones y si te falta te doy otra”. Además palaguea a los que están "quemados de muerto, de perro y de gato”.
Las fieles e inseparables hierbas de Munda son: chilacuaco, naranjillo, ojitas de lima de chichi, limón, aguacate oloroso, tabaco y arcajuda; waco, quebrache, estafiate. Además un diente de ajo y cebo de vaca. Los ingredientes los muele en metate y los reposa un día en aguardiente.
-¿Para qué sirve la curada de espanto?
-Para muchas cosas, si te espantas, si brincas de noche, si sueñas que te caes, si viste a una persona y te espantaste, también eso te cura.
“Cuando uno se espanta se afloja del pulso y te duelen mucho las piernas”.
-¿Qué pasa si no te curas el espanto?
-Se te va al estómago y ya no tienes remedio, vives espantada, se te va el hambre, te da asco, sientes un malestar, dolor de cabeza, dolor de piernas, te sientes desguanzada.
“Con la curada te aprieto bien, las hierbas y el cebo de vaca te hacen sudar y ahí sale el espanto”, expresa.
-¿Qué es lo que más te gusta curar?
-Curar de espanto, de eso he vivido y me gusta, pero de las muchachas ninguna (sus hijas). Ellas no quieren andar apestosas a cebo y hierba.
El curar con hierbas a Munda le permitió sacar adelante a sus 10 hijos, porque Primo (su esposo) “nada más los hacía y se iba a tomar, una feria me daba y se iba, y yo lo que hacía era irme a lavar ajeno o curar de espanto, pero cuando oía el grito ¡patas! A darle de comer, por eso nunca me pegó, porque nunca lo desatendí”, expresa orgullosa, como si hubiera superado un reto planteado en la vida.
Hay días que la gente ya la ve cansada y le pregunta ¿Qué será de Teayo sin Munda?, ¿Quién curará el espanto?, y la respuesta de ella es: “No soy como los antigues ( así les llaman a las piezas prehispánicas en esa región) , algún día me tengo que morir”.